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La trascendencia de la lectura de
El Capital de Bolívar Echeverría para América Latina*

Luis Arizmendi




Bolívar Echeverría

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I
Estado autoritario
y reconfiguración del planet management en la entrada al siglo XXI

“Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”. Esta demoledora cita proveniente de la pluma de Baudelaire con la que un autor tan importante para la historia de la literatura latinoamericana como Roberto Bolaño inicia su novela titulada 2666, con su implacable cuestionamiento de la tendencia de nuestra era al horror en medio de la insensibilidad o, incluso, del desencanto, igualmente podría haber abierto el primer gran libro de Bolívar Echeverría: El discurso crítico de Marx.1 “En la hora de la barbarie” es el título original del ensayo que ahí aparece solo como Presentación, pero que contiene un incisivo balance global del marxismo como discurso en situación, es decir, como discurso que entre diferentes caminos posibles, afirma uno, lo que significa que niega otros, y toma posición ante el siglo XX. Que ha sido definido como el “Tiempo de los Asesinos” por Rimbaud,2 la “Edad de la Violencia” por Thomson,3 el “Siglo del Odio” por Moriani4 o –para decirlo en los términos de Bolívar Echeverría– como el “Siglo de las Tinieblas”.5

   Originalmente publicado en la revista El buscón no. 5 en 1983 –no en 1984 como se afirma en este libro–, “una vida cuyo transcurrir fuera (…) ruido y furor carente de todo sentido”, “ausencia de sentido”, constituyen el contenido o la clave de una compacta pero incisiva definición de la barbarie como peculiaridad de la modernidad y la mundialización capitalistas el siglo pasado. Desde el mirador Bolívar Echeverría, las guerras mundiales como “traslación de la irracionalidad de la vida capitalista a escala planetaria” y Auschwitz como holocausto en el que acontece el “sacrificio excedentario con el que el cuerpo social debía pagar el triunfo de la contrarrevolución anticomunista en la Europa de la civilización burguesa”, de ningún modo constituyen una especie de interregno en la marcha indetenible y certera de la generalización del progreso hacia todas las latitudes, que en todo caso se suspendió de modo temporal para después presuntamente seguir indemne hacia adelante. Más bien, conforman tragedias que sintetizan un horror que nunca se detuvo, ya que, en verdad, en el curso del siglo XX las guerras jamás se interrumpieron, sólo cambiaron de lugar. Nunca a lo largo de la historia de las civilizaciones tantos seres humanos muertos en un solo siglo por guerras sin fin. El siglo del triunfo de la planetarización de la técnica propia de la modernidad capitalista, es decir, de la mundialización del “progreso” de su sistema de fábricas automáticas o gran industria, es visto por él, precisamente, como siglo representativo par excellence de la modernidad como barbarie.

   Para el mirador Bolívar Echeverría, el obstáculo mayor para leer la historia de la mundialización capitalista en el siglo pasado y, desde ahí, en el nuestro, proviene justo y ante todo del mito del progreso. Un horizonte de intelección que se caracteriza por leer la marcha del apuntalamiento incesante del poder planetario conforme avanza el siglo XX exactamente al revés, es decir no como si fuera desarrollo del dominio del capitalismo, que impone una agresiva hybris o desmesura a la relación de la sociedad con la naturaleza y el sabotaje a la modernidad como barbarie, sino como mundialización gradual pero ascendente y cada vez más prometedora del progreso tanto económico como político. Asumir que la expansión de la técnica capitalista hasta conformarse como técnica planetaria llevaba consigo el bienestar y el confort a todas partes, tendiendo a elevar cada vez más el éstandar de vida de los ciudadanos y las naciones; y, más aún, que la dinámica de ese proceso histórico iba invariablemente acompañada por el oleaje del triunfo de regímenes democráticos en cada vez más Estados; en eso reside propiamente la perspectiva del mito del progreso.

   Un mito que, teniendo su expresión paradigmática en la intervención de Hannah Arendt,6 se pone a prueba en su abordaje del totalitarismo para desde ahí lanzar una interpretación de la totalidad del siglo XX funcional al discurso del poder moderno y al encomio de la mundialización capitalista. Atravesada por un importante efecto paradójico, si bien la concepción de Arendt en torno al totalitarismo tiene la virtud de que sabe ver la concreción del “dominio total” no sólo en Occidente con el nazismo alemán sino también en Oriente con el estalinismo ruso, sin embargo, resulta sumamente conveniente porque trata a éste como resultado de una profunda irracionalidad puramente ajena y exterior a la legalidad de la modernidad capitalista. Concibe el totalitarismo como un fenoméno político que presuntamente le llega desde fuera a la modernidad capitalista para desestabilizarla implacable pero sólo temporalmente alterando la marcha de su historia y el continuum del progreso. Pero que, después de la Segunda Guerra Mundial, una vez derrotado el mesianismo hitleriano, pudo ser relanzado por el capitalismo especialmente con la modernidad americana.

   Frente y contra una lectura de la historia política del siglo XX de este orden, no es nada casual que Bolívar Echeverría contraponga una perspectiva como la que emerge del ensayo Estado Autoritario de Max Horkheimer –al que correctamente dota del estatus de Manifiesto Político de la Escuela de Frankfurt–.7 Audaz y sumamente sugerente a la vez, la concepción de Horkemier no sólo constituye una alternativa crítica original ante la visión del totalitarismo de Arendt, en tanto comprende como concreciones del Estado autoritario también al Estado nazi y al Estado estalinista –que caracteriza como distintas configuraciones del “capitalismo de Estado”–, 8 sino que lleva la mirada hacia una concepción de la totalidad del siglo XX que sencillamente hace pedazos el mito del progreso. Lejos de ver al Estado autoritario, ahí al nazismo y la barbarie, como una violencia extrema puramente exterior y extraña ante la legalidad de la modernidad capitalista, justo lo que Horkheimer hace es denunciarla y revelarla como forma histórica que, en tiempos de crisis, lanzando por la borda al liberalismo, exacerba y conduce à la limite la violencia como fundamento permanente e ineludible del capitalismo y de la lucha moderna de clases. Para Horkheimer, ante todo es en tiempos de crisis que la modernidad capitalista propulsa el Estado autoritario como causa contrarrestante de aquella.9

   Viendo en el surgimiento del Estado autoritario la conformación de un poder meta-mercantil, Horkheimer pone énfasis en que la violencia como fundamento de ese poder impacta agresivamente tanto en la relación capital/trabajo como en la relación capital/capital. Denunciando que, en lugar del confort y el bienestar, el “progreso” tecnológico del capitalismo habia devenido en devastación, que “las máquinas se han convertido en medios de destrucción”,10 subrayó que ese “progreso” había producido cada vez mayores masas de pluspoblación o población sobrante, volviendo imperioso e ineludible su dominio hasta el límite a través de la re-edición de la esclavitud antigua. Desde su óptica, podría decirse que Auschwitz y los gulag fueron la forma más notoria e inocultable de esa re-edición que, desactivando la competencia en el mercado laboral, se instala a partir del dominio violento directo de la fuerza de trabajo y de la población nacional. De modo que ya no se retribuye a los trabajadores modernos mediante el salario el valor de su fuerza laboral, más bien, con base en la violencia político-destructiva se les aterra, se les explota y, en todo caso, se deja que se mantengan por sí mismos o se les “subsidia”. A la par, la imposición de la violencia político-destructiva como fuerza que despliega el Estado autoritario introduce una drástica diferenciación y polarización entre los capitales, que ya no se distinguen sólo como capitales de vanguardia o retaguardia en función de su posición al interior de la dinámica de la innovación tecnológica. Los capitales privados pasan a diferenciarse en función de su posición respecto de la dinámica de la violencia político-destructiva y ante el poder meta-mercantil. Aquellos capitales privados que resultan directamente beneficiados por la violencia político-destructiva, disfrutan el acceso monopólico a masas laborales sobre-explotadas, políticamente doblegadas y autoritariamente disciplinadas, a redes tecnológicas expropiadas y a recursos naturales estratégicos sumamente ricos; mientras aquellos capitales privados que no son directamente beneficiados, enfrentan el escenario de un mercado al cual ingresan por principio desde una posición desfavorable. Para Horkheimer, así, el Estado que se integra justo como Estado autoritario es aquel que haciendo uso y abuso de la violencia político-destructiva como fundamento de un poder meta-mercantil, esto es, de un poder colocado por encima del mercado pero que impacta en él reorganizándolo radicalmente, por un lado, impone una especie de retorno a la esclavitud antigua en medio de la acumulación capitalista, como forma híbrida funcional a ella, a la par que, por otro lado, en la esfera de la competencia entre capitales, impone las ventajas derivadas de la violencia político-destructiva a favor de un delimitado conjunto de grandes capitales.

   Después del holocausto, con el triunfo de las “democracias occidentales” sobre el proyecto del planet management hitleriano e, incluso, después de la Guerra Fría, con el fracaso del régimen de partido único y el derumbe del Segundo Mundo, un diagnóstico como el de Horkheimer parecería no tener vigencia y haber entrado en un tiempo de inactualidad. Sin embargo, un planteamiento como el de Horkheimer resulta altamente fértil para la crítica de nuestra era si es objeto de una reconceptualización como la que realiza sobre él Bolívar Echeverría.

   Aunque no cabe duda de que percibió un fenómeno real, su concepción, en el tránsito del siglo XX al siglo XXI, sólo puede adquirir vigencia si se le actualiza y se le cambia la forma. En este sentido, heredando la criticidad de la intervención de Horkheimer, Bolívar Echeverría introdujo una doble reconceptualización de la violencia propia de la modernidad capitalista.

   Para empezar, frente y contra el mito del progreso, demostró que es sencillamente imposible la existencia histórica del capitalismo sin violencia. Que, incluso cuando no hay confrontación bélica o armada entre Estados o guera civil al interior de ellos, un simulacro de paz, un falso escenario de alto al fuego o, lo que es lo mismo, un estado de pax, consituye el fundamento sine qua non para el funcionamiento de la modernidad capitalista. Demostró que, en la medida en que existe a partir de expropiar medios de producción y por lo mismo medios de consumo a los dominados modernos, el capitalismo vive de poner en peligro de muerte al grueso de la sociedad contemporánea. Sólo sobre esa situación límite direccionalizada específicamente contra el proceso de reproducción vital de los dominados modernos, es que el capitalismo consigue que el grueso de la sociedad admita la mercantificación de sí misma como fuerza laboral. Lo que empieza siendo una violencia económico-anónima exterior, la puesta en peligro de muerte de los expropiados, se interioriza o introyecta en el momento en que el sujeto social expropiado, negando otras posibilidades como rebelarse o morir, toma posición y opta por asumirse como mercancía fuerza de trabajo autoconduciéndose a la explotacion laboral. Desplegando espontáneamente, así, como estrategia elemental de sobrevivencia, es decir como plataforma histórico-material del ethos moderno, una peculiar complicidad e integración de los dominados contemporáneos con la modernidad capitalista. 11

   Sobre este atrevido desciframiento de la violencia económico-anónima como plataforma permanente del sistema de convivencia global capitalismo, Bolívar Echeverría desarrolló su conceptualización crítica del trend secular, es decir de la tendencia histórica de largo plazo, que deriva de la modernidad capitalista. En este sentido, subrayó que la dinámica epocal de la mundialización capitalista atraviesa por formas liberales en las que el Estado interviene de modo efectivo como contrapeso ante la violencia económico-anónima estructural de la acumulación, pero que, en la medida en que el capitalismo, desde la combinación cada vez más esquizoide de progreso y devastación, desde el entrecruzamiento de modernización continua de la técnica planetaria y destrucción creciente de los fundamentos social-naturales de la vida, apunta no sólo a generar crisis económicas ciclícamente más agudas, sino que ha conducido éstas a desembocar ya en una crisis civilizatoria sin precedentes, tiende a llevar la violencia capitalista a la límite re-editando al Estado autoritario aunque bajo formas reconfiguradas que no operan como la modalidad que Horkheimeer denunció para el siglo anterior.

   Percibiendo que la esclavitud antigua no necesariamente debe estatuirse como su condición imprescindible, reconfiguró la incisiva conceptualización de Horkheimer al dar cuenta del Estado autoritario de la vuelta de siglo como aquel que, dejando definitivamente atrás las veleidades keynesianas, asume que de ningún modo procede anhelar alcanzar una nueva belle epoqué porque el progreso tecnológico del capitalismo global ya sólo podrá aspirar al bienestar y el confort si admite que no son universalizables. Si asume que no podrán ser para todos y, más aún, que para que unos cuantos puedan acceder a ellos y disfrutarlos debe, más que consentirse, propulsarse el dolor y la muerte de muchos más con el objetivo de garantizar el control de la riqueza en unas manos. Sin necesidad imprescindible de re-edición de la esclavitud antigua, el Estado autoritario es el que admite sin reparos el cercenamiento del cuerpo social, o sea de todos aquellos lanzados a ser parte de las filas de los “condenados de la tierra”. Es aquel que, sin pretender ninguna intervención como contrapeso, permite que la violencia económico-anónima desde la economía mundial defina millones de heridos y muertos que arroja asumir cínicamente sin reparos la maximización de las ganancias capitalistas.

   Aún más, percibiendo que el capitalismo “neoliberal” constituye la plataforma para la re-edición contemporánea del Estado autoritario –aunque éste no se queda ahí y cada vez más dimensiones suyas propulsan tendencialmente configuraciones neo-nazis del sistema económico-político–, al revés del planteamiento de Horkheimer, Bolívar Echeverría pone énfasis en que, lejos de tender a suprimir a los capitales privados o pretender circunscribir su poder económico, el Estado autoritario del siglo XXI es precisamente aquel que, lejos de ser Estado mínimo o no interventor, despliega y ejerce la violencia político-destructiva como complemento potenciante de la violencia económico-anónima para garantizar un ofensivo posicionamiento ascendente de los capitales privados, ante todo transnacionales, como centro de mando de la economía planetaria. En consecuencia, abandonando todo compromiso con su nación o sus nacionalidades, el Estado autoritario del siglo XXI constituye un Estado antinacional. Es aquel que se mueve abierta y cínicamente como cómplice de que los capitales privados transnacionales avancen en la imposición de la mundialización de la sobre-explotación laboral y en la creciente monopolización “neoliberal” de los recursos naturales excepcionalmente ricos.
   En palabras de Bolívar Echeverría:

El triunfo de las “democracias occidentales”, primero, sobre la versión nazi del capitalismo de Estado y, después, con la “guerra fría” (que comenzó curiosamente con el fuego atómico de las explosiones en Hiroshima y Nagasaki y en la que no faltaron otros momentos de “alta temperatura”) sobre la versión soviética del mismo, pareció haber clasurado definitivamente esas vías posibles del Estado autoritario… Corregida después de los sucesos, la proyección de Horkheimer puede resultar válida. Puede decirse que, en esta vuelta de siglo, después de la bancarrota catastrófica de la época “neoliberal” del capitalismo –cuando éste recobró su antiliberalismo profundo, despidiéndose de la respuesta keynesiana (…)–. es innegable que la imposición arbitraria de una diferenciación del “valor del trabajo” en el “mercado globalizado” en marcado detrimento de los trabajadores “no civilizados” se acerca a su manera a la “superación” del mercado de trabajo”...12
El Estado neoliberal, el Estado autoritario “occidental”, es el resultado de una sociedad civil cuya escisión constitutiva –entre trabajadores y capitalistas– está sobredeterminada por la escisión entre capitalistas manipulados por la circulación mercantil y capitalistas manipuladores de la misma: es el Estado de una sociedad civil construída sobre la base de relaciones sociales de competencia mercantil en tanto que son relaciones que están siendo rebasadas, acotadas y dominadas por otras, de poder meta-mercantil… En la nueva esfera neoliberal, el capital despide al Estado nacional de su función de vocero principal suyo… Esta transformación estructural de la sociedad civil ofrece la clave para comprender la complementariedad conflictiva que hay entre la versión nacional y la versión trans-nacional de la entidad estatal contemporánea.13

   Cada vez más autores coinciden en la idea expuesta por Carl Amery (…),14 de que Hitler, el vicario de la escasez, habrá sido el verdadero “precursor” del siglo XXI.15

   Si damos el paso que sigue desde esa óptica, debería decirse que, subordinando al grueso de Estados del orbe, sin todavía conformarse redondamente en un conjunto de instituciones que lo identifiquen como tal, pero marchando cada vez más en esa dirección, el Estado autoritario del siglo XXI rebasa su versión nacional para configurarse como Estado transnacional, es decir, propiamente como una especie de proto-Estado global o planetario. Integrado con el Banco Mundial, el FMI, la ONU y el G-8 como su plataforma básica, constituye la estructura institucional a través de la cual los grandes capitales privados transnacionales de la mundialización capitalista gobiernan la economía global de nuestro tiempo, definiendo y administrando el ejercicio y el despliegue sobre ella tanto de la violencia económico-anónima como de la violencia político-destructiva.
   Imprimiéndole nueva configuración al proyecto de la dominación tecnocrático-autoritaria del planeta en la entrada al siglo XXI, dos son las concreciones inocultables de la mundialización de la violencia económico-anómima, con su concomitante mutilación social, que asume y propulsa este proto-Estado global: el planet management de la pobreza global y el planet management del “cambio climático”.
   El siglo XXI, mutatis mutandis, no ha aprendido nada del profundo dolor del siglo pasado. Constituyéndose como el tiempo más avanzado en la marcha del progreso tecnológico no simplemente en la historia de la modernidad sino en la historia de las civilizaciones, con la informática, la robótica, la ingeniería genética y la nanotecnología, el siglo XXI cuenta con la técnica planetaria más desarrollada, pero trágicamente, a la vez, constituye el tiempo del mayor alcance en la devastación capitalista en curso de los fundamentos tanto sociales como naturales del mundo de la vida.
   Aproximándose, desde un mirador consistentemente liberal, al carácter cínico de la economía mundial contemporánea, es decir a la denuncia de la combinación irrestricta de progreso y devastación que la rige, el principal crítico del Banco Mundial desde EU, Thomas Pogge –economista de la Universidad de Yale–, ha demostrado que la “pobreza masiva y extrema coexiste con una prosperidad extraordinaria y creciente en otras partes”. Cuestionando duramente al Banco Mundial, Pogge ha probado que, entre 1990 y 2005, las muertes asociadas a la pobreza suman 300 millones: cerca de 20 millones por año, lo que significa más del doble anual de muertes que en la Segunda Guerra Mundial (donde la media anual fue de 8 millones), y seis veces más que el total de muertos en esa Guerra (que fue de 50 millones).16 Convenir sin reparos que, con base en la revolución informática, para el capitalismo global es abierta y estructuralmente innecesario un amplio porcentaje de la población y, por eso, consentir una devastación que arroja más muertos que la Segunda Guerra Mundial, hace que el Banco Mundial, por primera vez en la historia de los organismos internacionales, desde 1990, haya tenido que reconocer y administrar la pobreza global como un problema de orden estratégico. La enorme magnitud de su impacto masivo acarrea una desestabilizacion que maneja canalizando programas que únicamente como simulación están diseñados para el combate contra la pobreza, debido a que su objetivo genuino es el combate contra los pobres. Buscando no la superación de la pobreza global, sino la contención estratégica del potencial político explosivo que con los pobres extremos se juega, dirige hacia ellos recursos que, reduciéndolos a una dimensión puramente animal, brutalmente apuntan a garantizar sólo su acceso a alimentos crudos. La función que la línea de pobreza extrema trazada en 1.25 dls por el Banco Mundial cumple, más que escamotear demagógicamente el auténtico reconocimiento de la pobreza global –escamoteo que, por supuesto, efectúa–, reside en indagar el reconomiento geohistórico sobre la economía planetaria justo de aquellos focos rojos que conforman los pobres extremos para canalizar hacia ellos programas de contención político estratégica. El planet management de la vuelta de siglo administra, de este modo, la definición de los heridos y muertos que arroja la pobreza global.17
   A la par, lejos de plantearse medidas estratégicas para superar la crisis ambiental, desde una administración tecnocrática autoritaria del sobrecalentamiento de la Tierra, el capitalismo del siglo XXI integra y propulsa lo que cabe denominar el planet management del “cambio climático”.18
   2008-2012 va a pasar a la historia del siglo XXI como el periodo en el que el cinismo histórico ha logrado preponderar derrotando delicadamente a un de por si moderado liberalismo ambientalista, en la disputa por la toma de posición frente al sobrecalentamiento planetario. Contraviniendo el compromiso pactado, 2008-2012 se convirtió en un quinquenio con el que 35 países desarrollados, que se plantearon alcanzar la reducción al menos 5% en sus emisiones de gases invernadero en referencia a las de 1990, eligieron hacer de Kyoto un simulacro e incumplir. Con todo y que sus compromisos para reducir la emisión de gases invernadero, con el objetivo de impedir que se rebase el límite de incremento de la temperatura global por encima de los 2ºC porque superarlo detonaría el desbocamiento termal, estaban lejos de la reducción del 40 o hasta 60% planteada por científicos como James Hansen o Brian Huntley, la posición de EU, Rusia Canadá y Japón fue desvincularse formalmente. El “Acuerdo de Copenhague” (2009) formalizó la muerte del Protocolo de Kyoto cerrando la historia de una serie de postergamientos que se dieron sucesivamente al interior de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático: el “Mandato de Berlín” (1995), el “Plan de Acción de Buenos Aires” (1998), la “Hoja de Ruta de Bali” (2007), en verdad, constituyeron mediatizaciones a través de las cuales logró preponderar la persistencia cínica del capitalismo fosilista con sus intereses estratégicos. Lo que se conoce como la “Puerta Climática de Doha” (2012), aplazando una vez más la aplicación de medidas que deberían asumirse con carácter de urgentes, retrocedió incluso respecto del limitado carácter vinculante de Kyoto: hizo de lo que algunos llaman la “segunda parte de Kyoto” o “Kyoto II” un acuerdo en el que los países firmantes quedan libres para fijar de forma puramente voluntaria la reducción de sus emisiones hasta el año 2020. “Kyoto II” no contiene ni compromisos internacionales obligatorios ni asume fechas de reducción de emisiones de gases invernadero a la altura de los desafíos del siglo XXI. Con “Kyoto II”, la crisis ambiental mundializada se encuentra en marcha sin la menor existencia de algún acuerdo consistente para contrarrestarla en el sistema internacional de Estados. Lo que, al revés, significa que el acuerdo silencioso pero efectivo reside en que con tal de obtener las ganancias extraordinarias que derivan del crecimiento económico capitalista basado en el patrón tecnoenergético de petróleo y gas, el grueso del sistema de Estados en el siglo XXI admite los heridos y los muertos que la persistencia anti-ecológica de ese patrón acarreará.
   Las zonas de alta vulnerabilidad no están por definirse, con base en los informes del IPCC ya están reconocidas: son zonas de países pobres. Según reconoce el IPCC, entre 1970 y 2008, 95% de las muertes derivadas de consecuencias del “cambio climático” han sucedido en los países en desarrollo.19 Y se espera que, en un periodo pequeño, experimenten un aumento dramático. Sin embargo, aunque los principales desequilibrios apuntan a vulnerar al Sur, para nada hay que suponer el Norte quedará indemne. La ola de calor que, en el año 2003, suscitó el fallecimiento de 14 mil ancianos en Francia, estimuló el proyecto del planet management del “cambio climático”. Desde ahí el proyecto de poner sombrillas artificiales en el cielo. La geoingeniería o ingeniería del cambio climático se ha planteado la manipulación intencional del clima a gran escala como supuesta medida para contrarrestar el sobrecalentamiento planetario. La siembra de nubes o el empleo de aerosoles estratosféricos para reducir la radiación solar que alcanza la superficie terrestre, sin embargo, especula con los riesgos que podría acarrear la geoingeniería incrementando la acidificación de los océanos, destruyendo la capa de ozono, alterando la fotosíntesis por oscurecimiento artificial, pero, ante todo, propiciando sequías sobre enormes extensiones de la tierra.20 Es en este sentido que la mundialización capitalista viene propulsando una dinámica tecnoenergética que no niega al fosilismo, sino que pretende complementarlo mediante la manipulación ambiental con el proyecto del planet management del “cambio climático”.21
   En consecuencia, si se desarrolla la mirada crítica para escudriñar panorámicamente la historia económico-política del siglo XX y la entrada al siglo XXI partiendo del mirador Bolívar Echeverría, derrumbándose la ilusión de que la modernidad capitalista es sinónimo irreversible del progreso, sobresale de modo inocultable que el Estado liberal efectivamente estuvo ahí como contrapeso ante la violencia económico-anónima en las fases de auge de la acumulación mundial. No por filantropía, sino por administración estratégica, tanto en el Norte como en el Sur, de la dominación moderna y su lucha de clases. Pero, invariablemente, puede verse que de ningún modo el Estado autoritario y el proyecto de planet management constituyen desestabilizaciones pasajeras del pasado, ajenas a la legalidad de la mundialización capitalista. Ya que, en la medida en que su marcha conduce a una combinación cada vez más esquizoide de progreso y devastación, como lo constata el inicio de este siglo, tienden a re-editarse una y otra vez aunque bajo nuevas configuraciones a través de las cuales al actualizarse se metamorfosean.

II
La trascendencia
de la lectura praxeológico-concreta de El Capital de Bolívar Echeverría



NOTAS:

* Publicado originalmente en Luis Arizmendi, Julio Peña y Eleder Piñero (Coordinadores), Bolívar Echeverría. Trascendencia e Impacto para América Latina en el siglo XXI, Ecuador, Instituto de Altos Estudios Nacionales 2014.

1 El discurso crítico de Marx, Era, México, 1986.

2 Arthur Rimbaud, Matinée d´ivresse, en Íd., Poesías Completas, Catédra, Madrid, 1996.

3 David Thomson, The era of Violence, Cambridge University Press, Cambridge, 1960.

4 Gianni Moriani, Il secolo dell´odio, Conflitti razziali e di clase nel Novecento, Marsilio, Padua, 1999.

5 Bolívar Echeverría, “Benjamin, la condición judía y la política”, ensayo introductorio a su propia traducción de Walter Benjamin, Tesis Sobre la Historia y otros fragmentos, Ediciones desde abajo, Colombia, 2010, p. 12.

6 Hannah Arendt, Los Orígenes del Totalitarismo, Taurus, España, 1974.

7 Originalmente, Bolívar Echeverría realizó, en 1980, la traducción del alemán de este relevante ensayo de Horkheimer, que era prácticamente desconocido antes en América Latina, para la revista Palos de la crítica, no. 1, México, 1980, p. 112-135. Ulteriormente, se reeditó, en el año 2006, con una profunda Presentación suya.

8 Refiriéndose a la URSS como economía explotadora de plusvalor, Horkheimer afirmaba: “la forma más consecuente del Estado autoritario, la que se ha liberado de toda dependencia respecto del capital privado, es el estatismo integral o socialismo de Estado… Los países fascistas constituyen en cambio una forma mixta. También aquí, ciertamente, se extrare y se distribuye el plusvalor bajo el control estatal, aunque sigue fluyendo todavía en grandes cantidades, bajo el antiguo nombre de ganancia, hacia los magnates de la industria y los terratenientes… En el estatismo integral (…) los capitalistas privados son eliminados… El capitalismo de Estado es el Estado autoritario del presente”. Estado Autoritario, Itaca, México, 2006, pp. 45-46 y 31.

9 Op. cit., p. 33.

10 Op. cit., p. 29.

11 No es casual que sea en su obra dirigida precisamente a cuestionar el mito del progreso, Las ilusiones de la modernidad, donde Bolívar Echeverría introduce esta radical reconceptualización de la violencia como fundamento permanente de la modernidad capitalista. Lo que en la versión de 1989 de sus “Quince tesis sobre modernidad y capitalismo” (publicada en Cuadernos Políticos no. 58) constituía la Tesis 11, en la versión publicada en su obra Las ilusiones de la modernidad consituyó la Tesis 10, demostrando que la differentia specifica en la violencia como fundamento de la esclavitud antigua y la esclavitud moderna reside, precisamente, en que mientras aquella conforma una violencia política-concreta, donde es inmediatamente identificable el dominador que la ejecuta y ejerce, ésta última adquiere forma y singularidad como violencia económico-anónima. Lo que le permite dotarse a sí misma de un dispositivo de “invisibilización” u ocultamiento porque en tanto no la ejerce nadie sino el mercado, en tanto no tiene rostro pero surge una y otra vez de la estructra económica del capitalismo, pareciera no existir. En palabras de Bolívar Echeverría: “la paz generalizada es imposible dentro de una sociedad construída a partir de las condiciones históricas de la escasez… La creación de la zona pacificada (el simulacro de paz interna generalizada) sólo puede darse cuando –además de los aparatos de represión– aparece un dispositivo no violento de disuasión capaz de provocar en el comportamiento de los explotados una reacción de autobloqueo… En el esclavo antiguo (…) la violencia implícita en su situación sólo estaba relegada o pospuesta; la violación de su voluntad de disponer de sí mismo estaba siempre en estado de inminencia… A la inversa, en el esclavo moderno (…) la violencia implícita en su situación está borrada”. Las ilusiones de la modernidad, El Equilbrista/UNAM, México, 1995, pp. 177 y 179.

12 "Presentación" a Estado autoritario, pp. 19-20.

13 “Violencia y Modernidad” en Valor de uso y utopía, Siglo XXI, México, 1998, pp. 104-105.

14 Carl Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?: Hitler como precursor, FCE, Turner, Madrid, 2002.

15 Estado autoritario, p. 20.

16 En este sentido, el abordaje de Thomas Pogge de la pobreza mundial como un problema de derechos humanos es indudablemente certero justo porque ubica que es la vida misma de los pobres la que está realmente en peligro. Cfr. Hacer justicia a la humanidad, FCE, México, 2009, p. 526.

17 Luis Arizmendi y Julio Boltvinik, “Autodeterminación como condición de desarrollo en la era de mundialización de la pobreza”, revista internacional Mundo Siglo XXI no. 9, CIECAS, IPN, México, 2007, pp. 32-53. Luis Arizmendi, “Concepciones de la pobreza en la fase del colapso del capitalismo neoliberal”, Mundo Siglo XXI no. 21, CIECAS, IPN, México, 2010, pp. 31-45.

18 Esta es la expresión que una lead author del Quinto Informe del IPCC de la ONU, Asuncion Lera St Clair –investigadora de la Universidad de Oslo, Noruega–, formuló explícitamente en la Conferencia Pobreza y cambio climático: Perspectivas para una visión integral, impartida en El Colegio de México, en marzo de 2010, y de la cual tuve el gusto de ser su comentarista. Véase la semblanza en Mundo Siglo XXI no. 20, CIECAS, IPN, México, 2010, pp. 22-25.

19 IPCC, ONU, Informe especial sobre la gestión de los riesgos de fenómenos meteorológicos extremos y desastres para mejorar la adaptación al cambio climático, Cambridge University Press, Cambridge, 2012, p. 8.

20 Para mostrar la complejidad de la fase de transición en que estamos insertos, dando cuenta de la existencia de un choque de proyectos tecnológicos al interior de EU, traduje la crítica, elaborada desde la perspectiva naciente en el debate ecológico mundial de la seguridad humana, de Stephen Gardiner, investigador de la Universidad de Washington, al Premio Nobel de Química Paul Crutzen, quien acríticamente formula la falsa disyuntiva tecno-ajuste con geoingeniería o catástrofe climática. “¿La geoingeniería es el ´mal menor´?”, Mundo Siglo XXI no. 23, CIECAS, IPN, México, 2010-2011. 21 Para la crítica del planet management del “cambio climático” en el marco de una periodización de la historia de la dominación capitalista de la naturaleza y sus encrucijadas para el siglo XXI, cfr. mi ensayo “Crisis ambiental mundializada y encrucijadas civilizatorias” en el libro Luis Arizmendi (Coordinador), Crisis Global y Encrucijadas Civilizatorias, Fundación Heberto Castillo, México, 2014.

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